El poder en manos de pocos: exclusión sistémica y alternativas desde la base

8–12 minutos

Por Francisco Olmos, Licenciado en Sociología

Introducción

En las sociedades contemporáneas de América Latina, y particularmente en Chile, la participación política real de las clases populares se ve obstaculizada por estructuras profundas que trascienden la coyuntura. Esta exclusión no es simplemente resultado de desigualdades económicas visibles, sino de un diseño sistémico que regula el acceso al poder según códigos y mecanismos funcionales a las élites dominantes. Desde la teoría de sistemas sociales de Niklas Luhmann, es posible entender cómo los subsistemas –como el político, el educativo o el mediático– generan formas de inclusión y exclusión que marginan estructuralmente a quienes no logran adaptarse a sus exigencias internas. En este contexto, las mayorías quedan relegadas a una ciudadanía formal pero sin agencia efectiva. Paralelamente, desde la Doctrina Social de la Iglesia, esta exclusión se denuncia como una negación del bien común y de la dignidad inherente a toda persona humana. El presente texto analiza esta dinámica de exclusión estructural, evidenciando sus raíces sistémicas, su manifestación concreta en la cultura política y mediática actual, y proponiendo caminos de reorganización comunitaria que puedan abrir vías de transformación desde abajo, en fidelidad tanto al análisis sociológico riguroso como a los principios del Evangelio.

Exclusión estructural de las clases bajas en la política

El acceso al poder político en Chile (y América Latina) está sistémicamente restringido a la élite dominante. Aun cuando una persona de origen popular alcance educación universitaria o un cargo público, el sistema político tiende a cooptarla mediante sus códigos y redes. Según Luhmann, la exclusión social se asienta en un acoplamiento estricto ante el fracaso en los subsistemas formales (educativo, laboral, etc.), mientras que la inclusión se basa en un acoplamiento más laxo ante los éxitos obtenidos. Esto implica que los pobres que no logran los “rendimientos” esperados (certificados, empleos estables) quedan marginados, y los pocos que ascienden lo hacen sólo débilmente conectados al poder hegemónico. En el ámbito político, por ejemplo, tener riqueza, conexiones o títulos no basta para participar: la inclusión política exige pasar por mecanismos institucionales de las élites. Como contraste, Luhmann observa que en sistemas como el arte la inclusión es libre y no requiere estos privilegios. En su famoso análisis del sistema artístico, se señala que en el arte se puede participar sin tener propiedades, diplomas ni afiliación ideológica; mientras que en la política sí el capital (económico, social o educativo) actúa como filtro de acceso. Por ende, los contornos del “sistema político” (legislativo, partidos, burocracia) están marcados por códigos sociales de la élite. Así, la exclusión estructural se perpetúa: la clase alta monopoliza los cargos clave y reproduce sus propios valores dentro del sistema político.

En la práctica política chilena y latinoamericana actuales, la agenda pública suele girar en torno a temas promovidos por las élites culturales, en ambos extremos del espectro ideológico. Discursos “progresistas” (feminismo, ecologismo, derechos de minorías) y “conservadores” (valores tradicionales, orden público) dominan las noticias, distrayendo de los reclamos básicos de la mayoría. Este fenómeno puede entenderse como parte de la estrategia de desvío: mientras la sociedad de masas privilegia lo inmediato y lo espectacular, los verdaderos problemas estructurales de las clases populares quedan invisibilizados. Así lo denuncia el Papa Francisco: la cultura predominante “da el primer lugar a lo exterior, a lo inmediato, a lo visible, a lo rápido… Lo real cede el lugar a la apariencia”, lo que erosiona la solidaridad con los marginados. El resultado es que el foco social se traslada a debates identitarios o emotivos, mientras vivienda digna, seguridad y empleo –temas estructurales– reciben escasa atención real.

Simultáneamente, los medios de comunicación de masas (en especial la TV comercial) difunden narrativas hegemónicas. De este modo la plebe interioriza pasivamente la versión oficial de los hechos. El mensaje mediático promueve el consumismo y asigna héroes o chivos expiatorios; así, las discusiones sobre identidad (feminismo vs. tradicionalismo) son procesadas como espectáculo, mientras la información sobre crisis estructurales queda relegada. Por otra parte, la tecnocratización de la política (gestión pública dominada por expertos aislados) intensifica la incomprensión. Se difunde la idea de que las decisiones políticas requieren solo conocimiento “objetivo” y datos, ocultando que en realidad obedecen a intereses de clase. la democracia se vacía de debate social.

Esta dinámica de manipulación mediática y tecnocratización de la política no solo desvincula a las clases populares del ejercicio real del poder, sino que también debilita los vínculos humanos más fundamentales. La desinformación, el espectáculo y la reducción del debate público a eslóganes identitarios terminan erosionando las bases culturales y afectivas que sostienen la vida comunitaria. En este contexto, el deterioro del tejido familiar y vecinal no es un fenómeno aislado, sino una consecuencia directa de un modelo social que margina toda forma de solidaridad auténtica. La atomización promovida desde los discursos dominantes se traslada así al plano íntimo de las relaciones cotidianas, debilitando la capacidad colectiva para resistir la exclusión y generar alternativas desde la base.

Fragmentación familiar y crisis comunitaria: El debilitamiento del tejido social

La Iglesia Católica insiste en que la familia es el núcleo esencial de la sociedad. El Catecismo afirma que “la familia es la célula original de la vida social”, y que en ella se aprenden los valores de libertad, seguridad y fraternidad. Desde esta mirada, la erosión familiar equivale a un debilitamiento del tejido social. Los obispos españoles afirman que la familia –“ya afectada… por una crisis cultural profunda”– sufre graves problemas económicos y ve reducida su capacidad adquisitiva, aumentando así las desigualdades y la pobreza. Este análisis se puede aplicar a barrios populares: el mercado laboral precario y las políticas fragmentadas presionan a los hogares, rompiendo la solidaridad intergeneracional. El Documento de Aparecida, resultado de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, observa que la “colonización cultural” del mercado conduce a preferir vivir «día a día, sin programas a largo plazo ni apegos personales, familiares y comunitarios», considerando las relaciones humanas «objetos de consumo».

La pérdida del valor social y simbólico de la pobreza cristiana —concebida no como miseria impuesta, sino como actitud de desapego interior, confianza en la providencia y apertura solidaria hacia los demás— se relaciona estrechamente con el debilitamiento de los vínculos comunitarios. Este fenómeno se expresa en el aumento del individualismo, la caída de la participación en redes vecinales y el progresivo deterioro del capital social a nivel local. La consecuencia es un proceso de atomización que obstaculiza la organización comunitaria y refuerza estructuras sociales funcionales a los intereses de las élites dominantes. Desde una perspectiva católica, esta situación exige la reactivación de redes comunitarias de base que actúen como soporte social y espiritual, capaces de articular respuestas colectivas frente a la fragmentación. Tal como lo expresa el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “la pobreza evangélica no es miseria ni resignación, sino confianza en Dios y disponibilidad para compartir”.  En este mismo sentido, Benedicto XVI subraya que “la pobreza elegida, vivida en comunión, y como forma de vida solidaria, es un testimonio profético frente a una sociedad marcada por el consumo y el aislamiento”.

Estrategias concretas de poder popular

Para contrarrestar la exclusión estructural (desde una óptica luhmaniana), se requieren iniciativas territoriales y comunitarias que actúen como acoplamientos entre sociedad y poder público. Entre las estrategias concretas destacan:

  • Organización vecinal y municipal: Crear juntas de vecinos y asambleas barriales autónomas que gestionen fondos locales (vivienda, salud, educación) sin depender de partidos. Ejemplo: presupuestos participativos locales, donde la comunidad define inversiones en necesidades básicas. Estos espacios deben articularse federalmente (una junta por barrio, conectada en red con otras) para formar un contrapoder unitario más allá del eje izquierda-derecha. Tal confederación asegura que problemas reales (agua potable, terreno para escuelas, seguridad pública) sean abordados directamente por los usuarios, sin burocratización partidaria.
  • Arquitectura organizacional local confederada: Diseñar una gobernanza horizontal basada en unidades de gestión local interconectadas. Cada unidad (p.ej. una cooperativa vecinal o corporación pública comunitaria) funciona autónomamente, pero estableciendo enlaces (reuniones periódicas, registros abiertos) con otras unidades vecinas. Esto crea acoplamientos estructurales urbanos: mediante la colaboración, se armonizan esfuerzos y se evita la fragmentación. Se enfatiza la transparencia (informes públicos de gestión, audiencias vecinales) y la medición de resultados (informes anuales de impacto social). En términos luhmannianos, este diseño promueve la integración de las clases bajas en la toma de decisiones: al mostrar rendimientos claros, cada subsistema local (cooperativa, junta, asamblea) se acopla laxa y de manera controlada con el sistema político, logrando influencia real. Así, se construye un poder popular que parte desde abajo, encadena actores sociales y redefine la política desde las necesidades materiales – justo el antídoto a la exclusión estructural descrita.

Conclusión

El abordaje luhmanniano muestra que la exclusión de las clases populares de los cargos políticos no es un accidente coyuntural sino un efecto de las reglas de funcionamiento de los sistemas sociales actuales. Cada subsistema (político, mediático, educativo, económico) articula discursos propios que terminan relegando las necesidades básicas de la mayoría. En este marco, la inclusión de los sectores populares solo ocurre cuando estos logran adaptar sus propios códigos a los del sistema dominante, lo que en la práctica significa una subordinación funcional más que una participación transformadora. La cooptación de líderes barriales, el uso instrumental de organizaciones sociales y la burocratización de los canales de participación refuerzan una estructura vertical donde el poder permanece concentrado.

Sin embargo, el enfoque sistémico también permite identificar puntos de intervención posibles: allí donde los acoplamientos pueden flexibilizarse, donde la comunicación entre subsistemas se hace más permeable y donde emergen formas organizativas locales capaces de generar sentido y acción colectiva. Las estrategias comunitarias de organización, presentadas anteriormente, no solo permiten resolver problemas inmediatos, sino que también modifican la ecología comunicativa del sistema político, al introducir nuevos códigos desde abajo. Esto es, justamente, el inicio de un poder alternativo que no se define por la posesión de recursos tradicionales (dinero, títulos, contactos), sino por la capacidad de estructurar redes de colaboración con base en la justicia, la dignidad y la solidaridad.

Desde una perspectiva católica, estas experiencias son expresión concreta de la opción preferencial por los pobres y de la doctrina del bien común. No se trata solo de una reingeniería institucional, sino de una renovación ética y espiritual del cuerpo social. Recuperar la centralidad de la familia, fortalecer la vida comunitaria y promover liderazgos genuinamente representativos son tareas fundamentales para reconstruir el tejido social roto por la exclusión. En definitiva, si el sistema político no cambia sus mecanismos de inclusión, será necesario construir, desde los márgenes, estructuras nuevas que restituyan el valor de la política como servicio al prójimo y no como instrumento de autoconservación elitista.

Bibliografía

Fuentes académicas y sociológicas

Cárdenas, H. R., & Urquiza, A. (Eds.). (2012). Niklas Luhmann y el legado universalista de su teoría: Aportes para el análisis de la complejidad social contemporánea [Libro]

Soria Cortés, S. . (2022). Inclusión y exclusión social desde la teoría del arte de Luhmann. MAD, (46), pp. 52–69.

Fuentes eclesiales y doctrinales

Conferencia Episcopal Española. (2020). Iglesia, servidora de los pobres.

Santa Sede. (s. f.). Catecismo de la Iglesia Católica: La familia y la sociedad (nn. 2207–2233). Vatican.va.

Conferencia Episcopal Latinoamericana y del Caribe (CELAM). (2007). Documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe: Aparecida.

Pontificio Consejo “Justicia y Paz”. (2004). Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia. Vaticano.

Benedicto XVI. (2009). Caritas in veritate. Vaticano.