Por Francisco Olmos, sociólogo.
Introducción
La formulación de proyectos sociales y técnicos requiere marcos analíticos capaces de abordar la complejidad de los problemas contemporáneos. Dos enfoques con gran potencial complementario son la metodología del árbol de problemas y la teoría de sistemas sociales, particularmente en su vertiente comunicacional desarrollada por Niklas Luhmann. Integrar ambos enfoques no solo mejora la identificación causal y la lógica de intervención de un proyecto, sino que permite elevar la calidad reflexiva del diagnóstico al incorporar una observación de segundo orden, es decir, observar cómo observamos.
El árbol de problemas como esquema de causalidad explícita
El árbol de problemas permite descomponer un fenómeno central en una estructura jerárquica: causas primarias y secundarias en la base, el problema principal en el centro y los efectos como consecuencia superior. Esta herramienta facilita el paso a una planificación orientada por objetivos, en la que se definen indicadores, supuestos y líneas de evaluación.
Sin embargo, el árbol de problemas parte de una lógica de causalidad lineal y directa, y asume que las relaciones entre los elementos del problema son estables, observables y consensuables. Esto es útil, pero insuficiente para captar fenómenos donde múltiples sistemas sociales interactúan, cada uno con lenguajes, códigos y lógicas propias de procesamiento de sentido.
La teoría de sistemas sociales: observar la comunicación diferenciada
La teoría de sistemas sociales de Luhmann introduce una distinción fundamental entre sistema y entorno. Cada sistema (político, económico, educativo, religioso, jurídico, etc.) opera mediante comunicaciones auto-referenciales, orientadas por códigos binarios (por ejemplo: legal/ilegal en el derecho; verdadero/falso en la ciencia; tener/no tener en la economía) y programas (criterios que guían la aplicación de dichos códigos).
En esta lógica, los actores no son el centro del análisis, sino los patrones comunicacionales que permiten al sistema operar y reproducirse. Además, los nodos son puntos de articulación comunicacional (organizaciones, roles, redes, tecnologías) que hacen de interfaz entre sistemas. Los coholders (concepto emergente que podemos entender como portadores o “custodios” de códigos y programas) refieren a actores u organizaciones que condensan, traducen o imponen un lenguaje sistémico particular dentro de un contexto operativo.
La observación de segundo orden: ver cómo se observa el problema
La integración entre el árbol de problemas y la teoría de sistemas ocurre en el nivel de la observación de segundo orden. Mientras el árbol de problemas observa el contenido causal del fenómeno, la teoría de sistemas se pregunta desde qué lenguaje, código o sistema se está observando dicho fenómeno.
Por ejemplo, la “pobreza” no se define igual desde el sistema económico, el sistema político, el sistema educativo o el sistema religioso. Cada uno la comunica de modo diferente, le atribuye causas distintas y propone soluciones que responden a su propia lógica funcional. Esto implica que un proyecto, al ser formulado, ya está seleccionando una forma de ver el problema y dejando fuera otras posibles observaciones.
La observación de segundo orden permite hacer visibles esas exclusiones. Implica preguntarse: ¿Qué distinciones estamos usando para definir el problema? ¿Qué sistemas están implicados? ¿Qué códigos y programas están en juego? ¿Qué nodos (organizaciones, actores, interfaces) están habilitando o bloqueando las soluciones? ¿Qué coholders monopolizan la interpretación válida del fenómeno?
Convergencia metodológica: una formulación más compleja y realista
Al integrar el árbol de problemas con la teoría de sistemas:
- El problema deja de ser una “cosa” fija y se convierte en un nudo comunicacional entre múltiples sistemas.
- Las causas no son simplemente hechos objetivos, sino irritaciones estructurales entre sistemas (por ejemplo, cómo una norma legal afecta un sistema económico local, o cómo una política pública irrumpe en una lógica comunitaria religiosa).
- Los efectos no son solo consecuencias, sino reconfiguraciones sistémicas que pueden generar retroalimentaciones o resistencias no previstas.
- Los indicadores deben ser sensibles no solo a variables cuantificables, sino también a formas de comunicación diferenciadas, que pueden producir paradojas o bloqueos si no se armonizan los códigos implicados.
- Los supuestos ya no son meras condiciones externas, sino estructuras de expectativa sistémica, que si no se reconocen pueden generar fracaso operativo incluso en contextos “técnicamente viables”.
Conclusión
La integración entre el árbol de problemas y la teoría de sistemas permite construir proyectos con una mayor sensibilidad a la complejidad social, evitando la simplificación tecnocrática o la mera gestión de síntomas. Esta integración aporta una base conceptual robusta para que los proyectos no solo resuelvan problemas, sino que comprendan cómo esos problemas son construidos, comunicados y perpetuados por los propios sistemas en los que pretenden intervenir.
En última instancia, formular proyectos desde una observación de segundo orden implica actuar con conciencia de los límites y posibilidades del lenguaje que usamos para intervenir en la realidad. No se trata de abandonar el árbol de problemas, sino de complejizar su uso, reconociendo que cada “problema” es ya una observación hecha desde un sistema, y que toda solución efectiva requiere traducir, coordinar y a veces disputar esos lenguajes en conflicto.

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