La disolución de la distinción real/virtual y la reprogramación sistémica de la sociedad

3–5 minutos

Por Francisco Olmos, Sociólogo.

La sociedad contemporánea ha ingresado en una fase tecnológica donde la distinción entre real y virtual se vuelve crecientemente difusa. La expansión de los contenidos generados por inteligencia artificial, la digitalización total de la experiencia y la posibilidad de capturar y reproducir digitalmente cualquier fenómeno social provocan un incremento exponencial de la contingencia en los sistemas sociales. En términos luhmannianos, ello implica una mayor irritación que exige al sistema desarrollar nuevas operaciones de reducción de complejidad.

Desde McLuhan, se sabe que cada tecnología de comunicación reconfigura los sentidos y las formas de percepción social. Si los medios “calientes” del siglo XX (radio, televisión, prensa) establecían una distancia entre el espectador y el contenido, los medios digitales y ahora los sistemas generativos de IA borran esa frontera. Ya no es posible afirmar con certeza si un contenido es “real” o “digital”, “humano” o “sintético”. La distinción misma se torna contingente. Lo que antes funcionaba como código de observación —real/virtual— pierde su capacidad de orientación.

Castells describió esta transformación como la emergencia de una sociedad red, en la cual la lógica de la información se convierte en la base estructural de todos los procesos sociales. Sin embargo, lo que observamos hoy va un paso más allá: una sociedad de la indistinción tecnológica, donde los sistemas sociales (económico, político, educativo, religioso, científico, de salud, deportivo, etc.) se ven forzados a redefinir sus códigos comunicativos para poder operar dentro de una realidad virtual cuya autenticidad es siempre sospechosa.

En este contexto, el sistema psíquico (en la terminología de Luhmann, nuestra mente) y el sistema social (las comunicaciones) se enfrentan a una irritación compartida: la imposibilidad de verificar la presencia en el contenido virtual. Las distinciones clásicas de la experiencia —presencia/ausencia, presencia/virtualidad— se vuelven inestables. Ya no basta con “estar” o “ver”, pues lo digital ha incorporado la apariencia de lo real. Esto afectará profundamente la manera en que los sistemas reducen complejidad, tanto a nivel de confianza como de decisión.

Si se mira hacia el futuro inmediato, lo más probable es que la tecnología avance hacia una integración sensorial aumentada, donde los dispositivos de realidad aumentada cubrirán los sentidos —vista y oído— antes de alcanzar una integración neuronal completa. Desde la perspectiva de McLuhan, esta será una nueva extensión de los sentidos, con la particularidad de que el medio ya no sólo amplifica, sino que fusiona los planos de lo real y lo virtual.

Este fenómeno tendrá efectos diferenciados según los niveles de adaptación tecnológica de las distintas cohortes generacionales. Las generaciones formadas bajo medios analógicos mantienen aún una distinción operativa entre realidad y virtualidad; las generaciones nativas digitales, en cambio, operan en un entorno donde esa distinción carece de sentido funcional. Este cambio no sólo es generacional, sino estructural, y afectará de manera transversal a todos los sistemas funcionales:

  • Económico: la distinción pago/no pago se tensiona ante la producción automatizada de valor (IA generativa, criptomonedas, mercados digitales).
  • Educativo: se redefine el código saber/no saber frente al acceso masivo a información sintética.
  • Religioso: se replantea la experiencia de lo sagrado en entornos mediados por IA, donde la autenticidad de la fe y la presencia espiritual se enfrentan a simulacros digitales.
  • Político: se erosiona la distinción poder/oposición ante la manipulación algorítmica del discurso público.
  • Deportivo: la experiencia del espectáculo y la corporalidad se virtualiza, como ya se ve en los grandes eventos globales con transmisión aumentada y recreaciones sintéticas.
  • Sanitario: el código sano/enfermo se tecnifica aún más, con diagnósticos y tratamientos mediados por sistemas automatizados.

En la actualidad, la sociedad se encamina hacia una configuración tecnológicamente confusa, donde la distinción entre lo real y lo virtual tiende a disolverse. Este proceso no implica la desaparición de la realidad, sino su reprogramación comunicativa dentro de los sistemas sociales. La capacidad de distinguir entre hechos empíricos y representaciones digitales se vuelve contingente, lo que incrementa la complejidad sistémica y provoca nuevas formas de irritación. Los sistemas —ya sea el político, el científico, el económico o el religioso— deben adaptarse a una semántica en la que lo virtual produce efectos reales y lo real se digitaliza continuamente. En este contexto, la sociedad contemporánea experimenta un tránsito hacia una autodescripción inestable, donde la comunicación tecnológica redefine los límites de lo posible, lo creíble y lo verdadero. La confusión tecnológica, más que un desorden, constituye así una nueva forma de orden, en la que la realidad y su simulación se vuelven mutuamente operativas dentro del proceso autopoiético de la sociedad.

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